Los lugares de culto se sustentan en su profundo sentido de hospitalidad, libre de prejuicios. Iglesias, mezquitas, sinagogas y otras instituciones religiosas no sólo son espacios de oración, son lugares de reunión en los que se construye comunidad, se intercambian ideas y se practica la fe sin miedo. Esa misma accesibilidad que los convierte en valiosos para el conjunto de la sociedad, también supone un factor de vulnerabilidad, pues mucho antes de que la hostilidad se traduzca en un ataque físico, las comunidades religiosas suelen ser objeto de discursos de odio, teorías conspirativas, desinformación y/o mensajes extremistas. En el ámbito digital estos relatos se propagan con gran rapidez, reforzando prejuicios y moldeando la percepción de comunidades enteras.
Aunque la libertad de expresión es un derecho fundamental que las sociedades democráticas deben proteger, incluidas las opiniones controvertidas, provocadoras e incluso incómodas, las palabras pueden dañar antes de ser amenazas explícitas y de incitar a la violencia, y la repetición de ciertos relatos normalizan la hostilidad, amplifican los estereotipos existentes y, en algunos casos, fomentan que comunidades religiosas y lugares de culto sean objetivos que atacar.
La cuestión no es dónde termina la libertad de expresión y dónde empieza el discurso ilegal sino, cuándo una opinión refuerza mensajes extremistas o aumenta los riesgos para las comunidades religiosas, y de cómo responder sin por ello menoscabar las libertades y la apertura que caracteriza a los lugares de culto.
¿Cuándo el lenguaje es un asunto de seguridad?
El artículo 11 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea protege la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones e ideas. Paralelamente, el artículo 10 protege la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, lo que incluye el derecho a practicar la religión de manera individual o colectiva, en público o en privado. Estos derechos deben, por tanto, considerarse conjuntamente: proteger el debate abierto debe ir de la mano de proteger la capacidad de las personas para vivir y practicar su fe con libertad. Ello implica también que un discurso controvertido u ofensivo no puede tratarse automáticamente como una amenaza para la seguridad. Las sociedades democráticas necesitan espacio para el desacuerdo político intenso, la crítica de la religión y el debate sobre las instituciones y prácticas religiosas. Criticar una religión no equivale a manifestar hostilidad hacia las personas por su identidad religiosa.
“proteger el debate abierto debe ir de la mano de proteger la capacidad de las personas para vivir y practicar su fe con libertad” Olena Butnyk
Al mismo tiempo, el discurso controvertido, el discurso de odio y la comunicación extremista no son categorías idénticas.
El Consejo de Europa define el discurso de odio como aquellas formas de expresión que incitan, promueven, difunden o justifican el odio, la violencia o la discriminación contra personas o grupos, también por motivos religiosos. Subraya asimismo que las respuestas al discurso de odio deben ser proporcionadas y respetar siempre los derechos humanos.
Sin embargo, los casos más difíciles se sitúan con frecuencia en la zona gris entre la expresión lícita y la incitación directa. Un mensaje no necesita constituir una amenaza explícita para producir efectos dañinos. La reiteración de afirmaciones que presentan a un grupo religioso como peligroso, desleal o incompatible con la sociedad puede reforzar estereotipos y normalizar la hostilidad, aun cuando cada declaración, por separado, siga estando jurídicamente protegida. Lo mismo ocurre con la información engañosa o sacada de contexto que se amplifica, se reformula o se combina una y otra vez con mensajes extremistas existentes.
Esto resulta especialmente relevante en el ámbito digital, donde los contenidos circulan con rapidez y llegan a públicos muy distintos. Una afirmación provocadora en un contexto determinado puede adquirir otro significado dentro de un relato más amplio de amenaza, traición o culpa colectiva. Con el tiempo estos relatos moldean la percepción de comunidades enteras y contribuyen a un entorno en el que la hostilidad se acepta cada vez más a nivel social.
“Con el tiempo estos relatos moldean la percepción de comunidades enteras y contribuyen a un entorno en el que la hostilidad se acepta cada vez más a nivel social.” Olena Butnyk
Para la prevención del extremismo, el reto no consiste solo en identificar contenidos ilegales, sino también en comprender cuándo el discurso empieza a reforzar dinámicas de exclusión, miedo y movilización que pueden aumentar los riesgos para las comunidades religiosas y sus lugares de culto.
Cuando los relatos online dañan en la vida real
Las consecuencias de los relatos hostiles o extremistas no se limitan a los casos en que un contenido online desemboca en un atentado. El daño puede comenzar mucho antes. La hostilidad reiterada, las amenazas y los mensajes deshumanizadores pueden hacer que las personas se sientan inseguras, dejando de expresar su identidad religiosa e incluso evitando los espacios religiosos.
Según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA), el 76 % de las personas judías encuestadas oculta su identidad judía al menos ocasionalmente, y el 34% evita actos o lugares judíos por no sentirse segura en ellos. Algunas personas encuestadas evitan publicar contenidos que las identifiquen como judías o se retiran de los debates online. Por su parte, las personas musulmanas se enfrentan a elevados niveles de discriminación y acoso. Según la FRA, el 27% de personas encuestadas declaró haber sufrido acoso racista en los cinco años anteriores a la encuesta.
“el 27 % de las personas [musulmanas] encuestadas declaró haber sufrido acoso racista” Olena Butnyk
En otros casos los relatos hostiles forman parte de un proceso más amplio de movilización y radicalización. Los disturbios que siguieron al mortal ataque con arma blanca de Southport, en julio de 2024 ilustran con qué rapidez puede ocurrir. Poco después del ataque, circularon vía online afirmaciones falsas que presentaban al sospechoso como un migrante musulmán y, en algunas versiones, como un extremista islamista. En realidad había nacido en Reino Unido, la desinformación fue difundida por la extrema derecha basada en prejuicios antimusulmanes en contra de la inmigración ya existente. La violencia se extendió a varias ciudades británicas y entre sus objetivos hubo mezquitas y otras instituciones musulmanas.
El impacto fue más allá de las agresiones inmediatas. Las comunidades musulmanas manifestaron un mayor temor, algunas mezquitas reforzaron su seguridad, y al menos una cerró temporalmente por las amenazas. Por tanto, los relatos hostiles pueden restringir la apertura incluso sin provocar un acto de violencia: las personas cambian su comportamiento, las instituciones se vuelven más cautas y los espacios abiertos y accesibles se cierran sobre sí mismos.
Un mecanismo distinto es el de la movilización yihadista. En julio de 2016, dos atacantes irrumpieron durante la misa en la iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, en Francia, tomaron rehenes y asesinaron al sacerdote Jacques Hamel. Las investigaciones revelaron después que los dos hombres habían entrado en contacto a través de Telegram pocos días antes del atentado y que utilizaron comunicaciones cifradas mientras preparaban sus planes.
Southport y Saint-Étienne-du-Rouvray son casos distintos. El primero muestra cómo la desinformación y los prejuicios preexistentes pueden movilizar rápidamente a grupos numerosos, incluidas personas que quizá no pertenezcan a redes extremistas organizadas. El segundo ilustra un proceso de carácter más ideológico, en el que la comunicación digital contribuyó a conectar y movilizar a personas ya integradas en un entorno yihadista. Sin embargo, ambos ponen de manifiesto una misma idea de fondo: los mensajes y la comunicación online pueden alterar el entorno de seguridad de las comunidades religiosas y de sus lugares de culto mucho antes, y mucho más allá, de un único ataque físico.
Proteger sin silenciar
Si los relatos dañinos pueden generar miedo, reforzar prejuicios y, en algunos casos, movilizar, la pregunta inevitable es: ¿por dónde debe empezar la prevención?
Algunas formas de expresión traspasan los límites legales, como las amenazas directas o la incitación a la violencia. Otras son ofensivas, engañosas o dañinas sin superar el umbral que justificaría restringirlas. El Consejo de Europa distingue varios niveles de gravedad del discurso de odio y subraya que las respuestas deben ser proporcionadas a la gravedad y al contexto de la expresión. No toda declaración dañina requiere una prohibición legal.
Precisamente en esto reside la dificultad de la prevención. Cuando aparece una amenaza directa es posible que un relato hostil ya haya circulado ampliamente. La información falsa o engañosa puede repetirse, reformularse y combinarse con prejuicios existentes hasta adquirir un significado que excede la declaración original. Al mismo tiempo, responder de manera demasiado amplia entraña el riesgo de tratar como amenazas para la seguridad opiniones controvertidas o expresiones religiosas y políticas legítimas.
La prevención no puede consistir solo en censura. La comunicación oportuna y fiable es igual de importante. La experiencia posterior al ataque de Southport ofrece una lección relevante sobre ello. Una investigación del Centro de Tecnologías Emergentes y Seguridad comparó la respuesta a la crisis de Southport con la de un incidente de seguridad posterior en Liverpool. La conclusión fue que los retrasos y las lagunas de información posibilitan la propagación de rumores y de relatos dañinos. En situaciones que se desarrollan con rapidez, el silencio no es neutral: cuando falta información fiable, la desinformación y los actores extremistas pueden ocupar ese vacío.
“el 27 % de las personas [musulmanas] encuestadas declaró haber sufrido acoso racista” Olena Butnyk
Esto no significa que las autoridades deban difundir información no verificada ni responder a cada rumor, sino que la comunicación en situaciones de crisis debe garantizar rigor y rapidez antes de que las especulaciones ganen tracción, ofreciendo respuestas que desmontan los mensajes de odio con argumentos y mensajes alternativos, así como educando en la interpretación crítica del contenido que circula en medios y redes sociales. A ello se le suma la cooperación con la sociedad civil y con las comunidades afectadas, sobre todo cuando las expresiones dañinas se mantienen dentro de lo permitido a nivel legal.
“la comunicación en situaciones de crisis debe garantizar rigor y rapidez antes de que las especulaciones ganen tracción” Olena Butnyk
El desafío es, pues, doble. Una intervención insuficiente puede permitir que la hostilidad y la desinformación se intensifiquen, pero una intervención desproporcionada puede socavar la libertad de expresión y abordar como un problema de seguridad lo que es un debate legítimo. Una prevención eficaz del extremismo se ejecuta entre ambos riesgos: actuar con suficiente antelación para reducir el daño y hacerlo de forma proporcionada, anclada en los derechos fundamentales.
De la protección a la resiliencia: PARTESS-COM
De todo lo anterior se comprende mejor el contexto de por qué la protección de los lugares de culto no puede reducirse a medidas de seguridad física ni a respuestas frente a contenidos ilegales. La prevención exige que las comunidades puedan reconocer riesgos emergentes, acceder a información fiable, intercambiar experiencias y cooperar con los actores públicos y de la sociedad civil pertinentes. Fortalecer estas habilidades prepara ante mensajes hostiles y riesgos de seguridad cambiantes sin menoscabar la hospitalidad sin prejuicios característica de los lugares de culto.
PARTESS-COM, financiado por la Unión Europea, aspira a reforzar la seguridad y la resiliencia de las comunidades religiosas con enfoques participativos, formación en estas habilidades, acciones de sensibilización y de cooperación entre comunidades religiosas y agentes de seguridad, así como de la sociedad civil. ‘Faith Guardian’ está diseñada para facilitar el acceso a recursos de seguridad, informar de incidentes y contar con el apoyo entre profesionales. La app ayuda a las comunidades a compartir experiencias, reconocer riesgos emergentes y responder con más eficacia a las amenazas, desinformación y mensajes extremistas.
“‘Faith Guardian’ está diseñada para facilitar el acceso a recursos de seguridad, reportar incidentes y contar con el apoyo entre profesionales” Olena Butnyk
La meta no es convertir los lugares de culto en espacios cerrados o blindados. La prevención debe permitir que las comunidades religiosas sigan siendo abiertas a la vez que prepararlas para identificar posibles riesgos y cómo responder a estos. Esto es: la resiliencia supone proteger no solo los edificios y a las personas, sino también salvaguardar la apertura propia de los lugares de culto y de sus funciones religiosas y sociales.
Olena Butnyk, BA, es asistente de investigación estudiantil en el Instituto Austriaco de Asuntos Internacionales (oiip) y trabaja en el proyecto europeo PARTESS-COM. Estudió Ciencias Políticas e Historia en la Universidad de Heidelberg y en Sciences Po París, y actualmente cursa un máster en la Universidad de Viena. Su investigación se centra en la seguridad internacional, los estudios de paz y conflictos y la democratización en la región postsoviética.

